Mostrando entradas con la etiqueta GÜNTER. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GÜNTER. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de marzo de 2014

EL ASALTO A LA SACRA IMAGEN DE LA MUJER FATAL

No me dio risa ver a Heriberto. Estaba prendido de Niobe por delante: había querido asaltar la madera. Su cabeza tapaba la de ella. Sus brazos abrazaban los brazos levantados de ella. No llevaba camisa. Se la encontró más tarde, limpia y plegada, sobre la silla de cuero al lado de la puerta. Su espalda exhibía todas las cicatrices. Conté bien las letras. No faltaba ninguna. Pero tampoco podía percibirse ni siquiera el intento de un nuevo trazo.

A los hombres de la ambulancia, que poco después de mí entraron precipitadamente en la sala, no les fue fácil separar a Heriberto de Niobe. En su furor erótico había arrancado de la cadena de seguridad un hacha doble de abordaje, le había clavado a Niobe uno de los filos en la madera, clavándose el otro, al asaltar a la mujer, en su propia carne. Si por arriba había logrado por completo el abrazo, en cambio, donde el pantalón seguía desabrochado y dejaba asomar todavía algo rígido y sin sentido, no había hallado fondo alguno para su ancla.

jueves, 13 de marzo de 2014

VEÍA EN MÍ A UN GNOMO

- Mi mamá murió -traté de explicar-. No hubiera debido hacerlo. Le estoy resentido por ello. La gente anda siempre diciendo: Una madre lo ve todo, lo siente todo, lo perdona todo. ¡Eso no es más que blablablá para el día de las madres! Ella veía en mí a un gnomo y, si hubiera podido, habría eliminado el gnomo. Pero no pudo eliminarme, porque los hijos, aunque sean gnomos, están registrados en los papeles y no es posible suprimirlos así sin más ni más. Y además, porque yo era su gnomo, y si me hubiera suprimido, se habría suprimido y fastidiado a sí misma. Yo o el gnomo, debió decirse, y se decidió por ella, y ya no comió más que pescado, que ni siquiera era fresco, y despidió a sus amantes, y ahora que yace en Brenntau, dicen todos, los amantes y los parroquianos de la tienda: -Es el gnomo quien la ha enterrado a tamborazos. No quería seguir viviendo a causa de Oskarcito; ¡él es quien la mató!

ANGUILAS À LA CARTE

Durante las complicadas ceremonias, yo no podía librarme de pensar: ahora va a levantar la cabeza, va a tener que vomitar una vez más, tiene todavía en el cuerpo algo que pugna por salir; no sólo ese embrión de tres meses que, lo mismo que yo, no ha de saber a cuál padre dar las gracias; no es él solo el que quiere salir y pedir, como Oskar, un tambor; allí dentro hay pescado todavía pero no son sardinas en aceite, por supuesto, ni platija; me refiero a un pedacito de anguila, a algunas fibras blanco-verdosas de carne de anguila: anguila de la batalla naval de Skagerrak, anguila de la escollera de Neufahrwasser, anguila salida de la cabeza del caballo y, acaso, anguila de su padre José Koljaiczek, que fue a parar bajo la balsa y se convirtió en pasto de las anguilas: anguila de tu anguila, porque anguila eres y a la anguila has de volver...

ESPERANDO EL MILAGRO

Aunque había que proceder aprisa, no quise saltarme el correspondiente Introito. Tres gradas: Introito ad altare Dei. Ante Dios, que alegra mi juventud. Descolgarme el tambor del cuello, alargando el Kyrie, hacia el banco de nubes, sin detenerme en la regaderita, antes bien, justo antes del Gloria, colgárselo a Jesús ¡cuidado con la aureola! bajar otra vez de las nubes, remisión, perdón y absolución, pero antes todavía ponerle a Jesús los palillos en los puños que estaban como pidiéndolos; una, dos, tres gradas; levanto mi mirada hacia la mole, aún queda algo de alfombra y, por fin, las baldosas y un pequeño reclinatorio para Oskar, que se arrodilla sobre el cojín, junta sus manos de tambor ante su cara -Gloria in excelsis Deo- y espía por entre los dedos a Jesús y su tambor, esperando el milagro: ¿tocará, o acaso no sabe tocar, o no se atreve a tocar? O toca o no es Jesús verdadero, y si no toca, el verdadero Jesús es más bien Oskar.

Cuando se desea un milagro, hay que saber esperar. Pues bien, yo esperé, y al principio lo hice inclusive con paciencia, pero tal vez no con la paciencia suficiente, pues a medida que me iba repitiendo el texto "Oh, Señor, todas las miradas te esperan", sin más variante, de acuerdo con las circunstancias, que la de decir orejas en lugar de miradas, más decepcionado sentíase Oskar en su reclinatorio. De todos modos, brindó todavía al Señor toda clase de oportunidades y cerró los ojos, para ver si Él, no sintiéndose observado, se decidía más fácilmente, aunque fuera tal vez con poca habilidad, a empezar(...)

miércoles, 5 de marzo de 2014

EL MAESTRO DE OSKAR

Y hoy Oskar dice simplemente: la mariposa tocaba el tambor. He oído tocar el tambor a conejos, a zorros y marmotas. Tocando el tambor, las ranas pueden concitar una tempestad. Dicen del pájaro carpintero que, tocando el tambor, hace salir a los gusanos de sus escondites. Y finalmente, el hombre toca el bombo, los platillos, atabales y tambores. Habla de revólveres de tambor, de fuego de tambor; con el tambor se saca a la gente de sus casas, al son del tambor se la congrega y al son del tambor se la manda a la tumba. Esto lo hacen, tocando el tambor, niños y muchachos. Pero hay también compositores que escriben conciertos para cuerdas y batería. Me permito recordar la Grande y la Pequeña Retreta y señalar asimismo los intentos de Oskar hasta el presente: pues bien, todo esto es nada comparado con la orgía tamborística que en ocasión de mi nacimiento ejecutó la mariposa nocturna con las dos sencillas bombillas de sesenta vatios. Tal vez haya negros en lo más oscuro del África, o algunos en América que no han olvidado al África todavía; tal vez les sea dado a estas gentes rítmicamente organizadas poder tocar el tambor en forma disciplinada y desencadenada a la vez, igual o de modo parecido al de mi mariposa, o imitando mariposas africanas, las cuales, como es sabido, son más grandes y más hermosas que las mariposas de la Europa Oriental: por mi parte debo atenerme a mis cánones europeos-orientales y contentarme con aquella mariposa no muy grande, empolvada y parduzca de la hora de mi nacimiento, a la que llamo el maestro de Oskar.